¿Volverá?


Fernando observando el jardín de su casa

¿Volverá? Esta es la pregunta que me hago semana tras semana desde que un 3 de julio de 2007 Torres decidiera marchar. Apenas tenía 7 años y ya encontraba en él un ídolo, un espejo al que mirarme. Semana tras semana iba llenando mi habitación con pósters de sus celebraciones y decepciones, que ambos compartíamos. Semana a semana iba labrando un hueco en mi corazón “colchonero”. Ahora, lo que más me sorprende es que se fue una despedida sana, sin rencor, como la del hermano que emigra para crecer, para cumplir un sueño. Su sueño, imagino, siempre fue triunfar en su Atleti, pero no siendo el faro en medio de la tormenta, si no para ser faro de gloriosas noches en un Calderón rebosante de ilusión.

Emigró, y triunfó. Lo hizo en un club que le vendría como un guante, en una familia inglesa, con un patriarca español. Nada podía salir mal. Y nada lo hizo, elevó, tras sendas caídas, a la selección a un segundo título continental. Corría el otoño de 2008 y el ‘niño’ se hacía mayor en Liverpool, acompañado de récords y cánticos que le avalaban cada jornada en Anfield. Con una adaptación incluso del You’ll Never Walk Alone, palabras mayores. Todo, prácticamente todo, empezó a truncarse algo antes del glorioso Mundial de Sudáfrica, debido a una maldita lesión en su rodilla derecha. La historia a partir de ahí la sabemos todos…

Ahora, algunos medios informan que Torres podría volver debido a su bajo rendimiento en Milán. Hoy, como buen hermano le abro mis brazos para apoyarle con todas mis fuerzas en su naufragio. Naufragio con el que, ojalá, llegue a las orillas del Manzanares. Para que pase el resto de vida donde todos le vimos crecer, en su casa, en su Atleti. A Torres no le debo mis respetos por sus goles, jugadas y demás viguerías, si no por mi pasión por este deporte, que con él nació, y que actualmente pervive. Aquí razono con el doble de corazón que de cabeza. Abandonó un hogar en ruinas para no caer con él, ahora debería regresar, para crecer con él y ser la baliza de un potente buque que el Atleti siempre debió ser.

Y volvió, un 29 de diciembre. Por Navidad, como el turrón.

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