Heridos, pero orgullosos


Más vale una imagen, que mil palabras

Más vale una imagen, que mil palabras

Tras haber redactado recientemente un artículo sobre un ejemplo del verdadero fútbol, me dispongo a teclear uno sacado de mis vivencias. No cualquiera, si no uno que viví el 24 de mayo de 2014 en la final de Champions disputada entre mi estimado y sufrido Atleti y el Real Madrid. No voy a hacer una crónica del encuentro, si no del momento más doloroso, lo que viene a ser los instantes posteriores al 92:48. No voy a relatar la jugada de dicho instante, ni a elogiar o criticar a los jugadores que estuvieron implicados en la misma. Voy a intentar relatar el cómo un colchonero como yo, vivió esos duros a la vez que inolvidables momentos.

Lloré, como nunca lo había hecho en mi vida con el “simple” deporte. Y aguanté el chaparrón de celebraciones rivales y lágrimas propias. En aquel momento estaba tan cerca el título de la tan deseada Copa de Europa -como la nombra mi atlético padre- que pasó de largo y pisó la línea blanca la del rival, al igual que mis inocentes sentimientos. Seguí lamentándome el resto de encuentro, sin encontrar consuelo procedente de propios y ajenos que lo remediaran. Me dolió aún más el saber que veteranos en el sufrir como los ancianos, no podrían ver a su amado Atlético de Madrid levantar el tan maldito título. Ahí estaba yo presenciando aquel drama, y con la última puñalada presente, visible, palpable.

Recuerdo con nostalgia a un longevo rojiblanco negar con la cabeza lo innegable, la derrota. Y el ver una faz curtida en mil batallas esbozar un lamento que el mismo reconocía tras 40 años. Esto, me llevó a llevarme las manos a la cabeza y el saber que a él, por edad biológica, no se le podría dar consuelo, o sí. Se derrumbó el primero, al igual que en cada sobresalto lo hace el boqueteado inmueble que se encuentra en el mismo nacimiento de una ciudad. Pero se levantó al igual que el niño que galopa por las bandas tras una tarascada protagonizada por el rival, en este caso, eterno. Él jamás pudo protagonizar esta acción sobre el verde del Vicente Calderón, pero sí sobre el terreno de juego en el que el centenario -al igual que nuestro Atleti- despuntaba, y fue en la desaparecida, que no olvidada sección de Balomano. Lo hizo con los colores que siempre amó, y sé que seguirá amando, allá donde esté. En un periquete, se bajó de la silla en la cual observaba aquel desenlace esbozando, esta vez, una sonrisa, orgulloso de su querido Atleti, y dando una lección de que un amor eterno se conforma de derrotas imborrables y no de victorias pasajeras. Tomé ejemplo y me dirigí a casa junto con mi padre, amigo reconvertido y hermano rival. Con un orgullo y dolor que nadie hubiese podido alterar. Y hoy tal cual me encuentro, herido y con la cabeza bien alta. Con la esperanza de que la llaga cicatrice con su merecida recompensa, por los que se fueron, están y vendrán.

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